En esta nueva efeméride del genocidio armenio ponemos en práctica las palabras de Elie Wiesel (sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de la paz): Olvidar no solo sería peligroso, sino ofensivo; olvidar a las víctimas sería como matarlas por segunda vez (“to forget would not only be dangerous but offensive; to forget the dead would be akin to killing them a second time”).
Luis Moreno Ocampo en su libro Guerra o Justica cita una frase que nos interpela: “La guerra se libra dos veces, primero en el campo de batalla y luego en la memoria” (Viet Thanh Nguyen). Esta idea da cuenta de la necesidad de proteger la identidad y la dignidad de las víctimas, así como de evitar que el olvido sirva como refugio para los perpetradores de atrocidades posteriores. La historia ha mostrado que no da lo mismo tomar uno u otro camino:
• El olvido llevó a que Hitler pudiera preguntarse “¿quién recuerda hoy el exterminio de los armenios?”, para dar paso al Holocausto cuyo resultado fueron 6 millones de víctimas.
• La memoria del genocidio armenio, o el “crimen sin nombre”, inspiró a que Raphäel Lemkin intentara proteger a toda la humanidad de “aquellos que no querían compartir la tierra con determinados grupos de personas”, como diría Hannah Arendt.
En efecto, el origen de la figura jurídica del genocidio, acuñada por Lemkin en 1944 (y plasmada en la Convención para la Prevención y Sanción del Crimen de Genocidio –1948) está estrechamente vinculado al genocidio armenio (1915-1923), según expresa el autor en sus memorias (el libro Totally Unofficial).
Aumentar la eficacia de la Convención constituiría “el mejor monumento vivo que podría erigirse a la memoria de todas las víctimas pasadas de genocidio. Por el contrario, no hacer nada significaría contraer la responsabilidad de contribuir a que se produjeran víctimas futuras” (Informe Whitaker).
📷 Armenian Genocide Museum-Institute, Yerevan. Collection of Near East Relief Society
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